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ICTUS EN FASE AGUDA,
URGENCIAS
SOBRE EL ICTUS EN
FASE AGUDA
La presente es una reflexión sobre el manejo del ictus en fase aguda en
nuestro servicio, el que puede ser y el que podrá ser. El hincapié lo
haremos sobre los dos primeros apartados pues, el último, pertenece al
campo de la investigación y aunque puede ayudarnos a iluminar lo que será
el camino futuro, no debemos permitir que nos deslumbre e impida ver el
camino presente (fenómeno harto frecuente en este mundo cambiante y ávido
de novedades).
Al tratar del
manejo actual prestaremos especial atención a errores con frecuencia
sistemáticos, tanto por comisión como por omisión y, al hablar de lo
que puede ser el manejo, nos vamos a referir a formas y mecanismos de
corrección de esos errores.
Para empezar, ¿Cuándo
sospechar ictus? Puede parecer una pregunta tonta y de hecho cuando la
literatura habla de ictus cerebral, ya da por supuesto que el paciente lo
tiene. En otro sentido, ¿qué problema puede haber para que la
literatura, incluso monografías sobre el tema, rara vez ofrezca una
definición clínica de ictus? Claro que como nuestros pacientes con un
posible ictus no entran en urgencias con un cartel en la frente anunciándolo,
habrá que hacer la sospecha primero para justificar el pertinente plan
diagnóstico y terapéutico después. Pero, ¿es tan difícil hacer tal
sospecha? La verdad es que las más de las veces no y, tanto es así, que
los propios familiares e incluso el enfermo sugieren el diagnóstico del
complejo “derrame-embolia-trombosis”. Esta facilidad de sospecha diagnóstica
acaece en el paciente que bruscamente se le paraliza un lado del cuerpo,
tuerce la boca y tiene dificultad para hablar; este es el ictus paradigmático
de la circulación anterior pero es que se ha hecho tan prototípico que,
todo lo que no sea esto, aunque sea ictus, de entrada le llamamos otra
cosa, vértigo, diplopía... y, si bien es cierto que casi todo paciente
que bruscamente está hemipléjico, afásico y con la boca torcida tiene
un ictus, la condición inversa no se da en la misma proporción. Otro
cuadro clínico que tienden a interpretar como ictus, tanto la población
como la clase sanitaria, es la brusca alteración del nivel de conciencia.
El resultado de estas aproximaciones intuitivas, poco o nada razonadas,
lleva a cometer errores de sospecha diagnóstica, tanto por defecto como
por exceso.
En fin, debemos
sospechar ictus en todo enfermo que de forma aguda o hiperaguda sufre un déficit
neurológico focal sin fenómenos convulsivos; otras veces prima la
disminución del nivel de conciencia o la cefalea, con escasos o incluso
nulos signos de focalidad, pero siempre con la misma característica de
presentación, la brusquedad.
ERRORES
POR EXCESO DE SOSPECHA DIAGNOSTICA
-
Cuadros confusionales en el anciano.
La mayoría de las veces tienen que ver más con un
estrés metabólico que causa la disfunción de un cerebro envejecido
y, rara vez, se deben a accidentes cerebrovasculares. Tener esto muy
presente nos ayudará a buscar la causa verdadera del síndrome
confusional y evitará hacer un buen número de TC cerebrales inútiles.
-
Encefalopatías metabólicas.
Además de ser causa frecuente de síndromes
confusionales, a veces pueden producir cuadros con focalidad neurológica
y, de todas ellas, las que con más frecuencia originan este problema
son la hipoglucemia y la encefalopatía hepática; poco se puede hacer
en el primer momento sobre esta última que cambie radicalmente las
cosas, pero no es así en el caso de la hipoglucemia cuyo diagnóstico
equivale a un tratamiento de resultados casi inmediatos y la falta de
diagnóstico y tratamiento puede significar un daño neurológico
permanente. Como es sabido sólo se necesita hacer una determinación
de glucemia por tira e inyectar glucosa concentrada, por tanto ante
todo enfermo con síntomas de focalidad neurológica o alteración de
nivel de conciencia hay que hacer cuanto antes una tira de glucemia
y actuar en consecuencia. Otra cosa, un paciente con síntomas o
signos neurológicos que tiene una pO2 de 25 o una TAS de 50 lo que
tiene no es un ictus sino una insuficiencia respiratoria o hipotensión
gravísimas que causan disfunción neurológica, pero la causa está
fuera del SNC; salvo que se trate de un ictus con disfunción de
tronco que causa el colapso cardiorrespiratorio y, cuando es así,
estamos frente a un paciente en estado agonizante.
-
Síncope. El error viene de confundir síncope con AIT. ¿AIT de qué territorio?,
únicamente del posterior que, por disfunción de la formación
reticular activadora puede producir inconsciencia; ahora bien, en
mayor o menor medida debiera acompañarse de otras manifestaciones de
disfunción de tronco, ¿es este el caso de nuestro paciente?; si no
lo es, difícilmente la causa del síncope puede ser un AIT. A veces
la hemorragia subaracnoidea ocasiona con pérdida de conciencia en un
primer momento, pero después el paciente tendrá cefalea, rigidez de
nuca... Realmente un síncope bien definido no debe entenderse nunca
como un ictus y la TC cerebral no está, por tanto indicada. Otra
cuestión, que puede ser más difícil de resolver, es diferenciar síncope
de crisis comicial.
-
Crisis comiciales y estados
postictales. Para el manejo agudo la confusión
no importa mucho pues resulta ser parecido en ambos casos. La
posibilidad de confusión es máxima en casos de AIT, dado el similar
perfil temporal.
ERRORES
POR DEFECTO DE SOSPECHA DIAGNÓSTICA
-
Ictus en territorio de circulación posterior. Cuando se presenta como vértigo
y sin otras focalidades el problema está casi asegurado; ¿por qué?,
pues creo que porque aunque se piense de forma difusa, y confusa, que
ese vértigo puede ser central y se le pide una TC cerebral, la verdad
es que no se piensa en el ictus como causa y tampoco se piensa en los
pobres resultados de la TC para la patología de la fosa posterior; la
consecuencia habitual es vértigo más TC cerebral normal igual a
alta. Cosa parecida puede suceder cuando la queja es diplopía o pérdidas
mal definidas de la agudeza visual que traducen afectación de los
campos visuales. El problema es menor o inexistente cuando hay afectación
motora, bien de núcleos de pares craneales o de vías largas.
-
AIT. Sobre todo los de circulación posterior se pasan por alto. Aunque
probablemente el principal problema deriva más que del efecto de la
sospecha diagnóstica de la evaluación de las causas, tratamiento y
destino del paciente.
-
Hemorragia subaracnoidea
paucisintomática. En tales casos es necesario un
elevado índice de sospecha y pensar a veces más que en las
manifestaciones del problema motivo de consulta, que son tan pocas, en
el paciente que tenemos delante, ¿qué es lo que alarmando a este
paciente de tal manera para venir a urgencias y por qué? Las
respuestas cobran especial relevancia cuando es una persona de cierta
edad, que vive lejos del hospital, consulta en horas nocturnas y no
parece practicar el consumismo sanitario; ante tal paciente es
incompetencia nuestra no saber que pasa, pero algo pasa.
1.-
CON LA FICHA EN LA MANO.
Vemos la filiación del enfermo, los controles y el resultado de alguna
prueba que ya enfermería ha realizado; en el tema que nos ocupa también
con frecuencia estarán escritas en más de un sitio las siglas ACV, bien
en el P10 por el médico de primaria que lo remite o en la ficha por el médico
del triage o la enfermera. Esto, a veces, es más inconveniente que
ventaja en el sentido que con frecuencia porque alguien lo dijo primero y
los demás, sin verificarlo, lo repiten a continuación (efecto bola de
nieve) y si quien ve al enfermo es un R1 novel y sin supervisión precoz
los resultados son previsibles, caso de ser errada esa primera sospecha.
En fin, antes de ver al enfermo es habitual que de una u otra manera
vayamos sobre aviso, pero también hemos de estar avisados de la
posibilidad de que esté errado el dichoso anuncio.
Con la ficha en la
mano y antes de ver al enfermo, ¿hay algo en los controles, o en alguna
de las pruebas que pueda haber hecho enfermería, que nos alarme y exija
actuaciones inmediatas y específicas?, si es así, se hará lo que haya
que hacer.
Con la ficha en la
mano estamos ante el enfermo y lo primero a decidir es si el enfermo está
vivo y hasta que punto o, dicho de otro modo, aplicar el consabido ABC.
Esto es en especial necesario ante un paciente aparentemente inconsciente
y sin respuesta, pues un enfermo que te mira y te habla está claro que la
vía aérea está permeable, que la ventilación le permite hablar y la
circulación alcanza valores suficientes para mantener la consciencia.
La vía aérea. Es de todos los apartados del ABC el de mayor importancia en el paciente
con ictus, pues la vía aérea se puede ver comprometida de varias maneras
que son consecuencia de la afectación sensitivo motora del área orofaríngea,
bien por el daño directo de centros o vías que los rigen o por simple
disminución del nivel de conciencia. El resultado es la obstrucción de
la vía aérea por hipotonía muscular, la acumulación de secreciones por
falta de reflejo de deglución y la aspiración hacia la vía respiratoria
por fallo de los reflejos protectores de la entrada de la laringe. Podemos
a veces sospechar tal compromiso solo con entrar en el cubículo, el ronquido
estentóreo nos avisa de la hipotonía muscular orofaríngea con el
correspondiente colapso y el gorgoteo es expresión del ruidoso
paso del aire a través de las secreciones acumuladas en la zona por
fracaso de los reflejos de deglución. ¿Cómo luchamos contra esto? :
-
Cabecera a 30º. De entrada con nuestras manitas y después como orden escrita en la hoja
de tratamiento. Favorece la deglución, limita la caída hacia atrás
de la lengua colapsando la vía aérea y reduce la posibilidad de
aspiración. Tiene también otros efectos beneficiosos que se citarán
más adelante.
-
Cánula de Mayo. Primero tenemos que asegurarnos que es tolerada y no induce náuseas o
vómitos; lo sabemos poniéndola y viendo que pasa. ¿Recuerdas cómo
se pone?, revisa un manual de RCP. Creo de importancia recordar dos
cosas, ya que el enfermo esta vivo podemos decir que la cánula también
y se puede desplazar, si lo hace hacia atrás y se dirige hacia la unión
faringoesofágica, puede colapsar totalmente la vía aérea que
pretendía mantener expedita, si se desplaza hacia delante es obvio
que tampoco podrá cumplir su función. La conclusión es que en estos
pacientes la cánula debe ser fijada de forma parecida a como lo es el
tubo endotraqueal y no se la puede dejar bailando a voluntad de
resoplidos y gorgoteos.
-
Aspiración frecuente de secreciones. Siempre que se oiga el inconfundible gorgoteo o haya
profunda disminución del nivel de conciencia. La orden será verbal y
escrita.
-
Sonda
nasogástrica. Indicada en caso de fracaso de la deglución o vómitos persistentes. Se
dejará conectada a bolsa y podemos servirnos también de ella para
administrar algún fármaco.
-
Prótesis dentarias removibles. Estas y los ictus acompañan a la edad avanzada y
cuando se juntan los dos problemas puede suceder que la prótesis se
desplace y obstruya la vía aérea. Por tanto, a todo paciente con
ictus se le debe examinar la dentadura y si tiene una de estas prótesis,
le será removida inmediatamente.
La ventilación. Su evaluación clínica comienza por el examen
del color de la piel y sigue por el patrón respiratorio, lo que quiere
decir que tenemos que conocer la frecuencia respiratoria, el ritmo y la
amplitud, terminando con el esfuerzo respiratorio. Como es lógico, la
frecuencia respiratoria es importante y sólo se conoce, como se conoce la
TA o la temperatura, midiéndola; a ver si nos acostumbramos, las
enfermeras y nosotros. Si el patrón es anormal, el paciente está cianótico
o con esfuerzo respiratorio evidente haremos una gasometría arterial y se
actuará en consecuencia; creo que en estos casos para la valoración
inicial, es mejor recurrir a la gasometría que a la pulsioximetría, por
lo menos mientras la fibrinolisis no cobre mayor importancia. La
pulsioximetría tiene importancia para la valoración de la eficacia de la
oxigenoterapia, intentaremos mantener SaO2 por encima del 93%
La circulación. Si está comprometida, mal asunto. Siempre nos debe
alarmar en el sentido de que puede ser que el paciente no tenga un ictus y
las alteraciones neurológicas sean consecuencia y no causa de una
circulación comprometida. Los cuadros debidos a isquemia de territorio
frontera por estados de shock, rara vez causan problemas diagnósticos en
urgencias, al menos esa es mi impresión. Por último, si realmente el
paciente tiene un ictus, el compromiso hemodinámico nos indica disfunción
grave del tronco cerebral y que el enfermo está agonizando.
Evaluada y asegurada la fuerza vital del enfermo, procedemos a la recogida
de información que nos permita hacer el diagnóstico sindrómico, la
sospecha de la causa y sus repercusiones y en consonancia con todo ello
poner en marcha el oportuno plan diagnóstico y terapéutico inmediato.
2.-
LA ANAMNESIS.
Siempre debe ser doble, primero se hace al enfermo, si su estado lo
permite, y después a los familiares. Otra cosa, se deben leer siempre los
volantes de los compañeros de primaria que remiten el enfermo pues, con
frecuencia, contienen información relevante que nadie más nos podrá
proporcionar.
¿Quién es este enfermo? No
interesa lo de siempre (enfermedades, alergias, medicaciones) y en este
caso nos interesa especialmente si sufre enfermedades embolígenas,
memorragíparas o enfermedad arterial difusa. De las medicaciones que
pueda estar tomando hay una que marca dramáticamente el manejo inicial y
son los anticoagulantes, pues la posibilidad de una hemorragia cerebral en
un paciente anticoagulado obliga a un TC cerebral a toda pastilla, entre
otras cosas (por ejemplo que pase a críticos y un adjunto se haga cargo
del enfermo). ¿Qué más nos interesa?, pues el estado funcional, las
actitudes de la intensidad diagnóstica y terapéutica ante un enfermo en
casi estado vegetativo persistente van a ser muy diferentes que si se
trata de una persona sana hasta la fecha y activa. La capacidad funcional
la podemos definir por medio de escalas al uso o describiendo someramente
la capacidad mental y hasta que punto es o no capaz de satisfacer sus
necesidades básicas.
¿Qué le pasa a este enfermo? Queremos saber que tipo de problema motiva la consulta, cuando comenzó,
con que síntomas y posterior evolución. Además de interesarnos por los
síntomas de focalidad debemos interrogar si tuvo-tiene cefalea, náuseas
o vómitos.
Después de la anamnesis en general está ya hecha la hipótesis acerca de
la naturaleza del problema, un ictus en nuestro caso. Si no lo está,
malo, este enfermo camina hacia el estancamiento salvo que una reanamnesis,
dato exploratorio o prueba complementaria iluminen la cuestión. Si surge
este problema debiera un adjunto ver el enfermo (antes de poner en marcha un plan de manejo de amplio espectro tipo “a ver si aparece algo”) y
decidir.
3.-
LA EXPLORACION FISICA.
Quizás el principal problema de este aspecto es la rutinariedad que hace
que las exploraciones sean estrictamente descriptivas y no intentan
responder cuestiones como las señaladas hace un momento y, si lo hacen,
no se es consciente de las respuestas, no todo son cerebrales medias y, si
lo son, ¡ojo!, cerebrales medias hay varias, de causas variadas y con
diferente repercusión clínica y pronósticos inmediatos y a medio y
largo plazo bien distintos. No se va a hacer una relación detallada de la
exploración física de los ictus, ni de los grandes síndromes según
territorios y vasos obstructivos, ni de los perfiles temporales, sino que
nos centraremos en aquellos aspectos donde se producen errores sistemáticos
con más frecuencia.
-
La
aplicación de la escala de Glasgow tiene dificultades en muchos
pacientes con ictus y si el paciente está afásico tiene tantas que
prácticamente es inútil. En todo caso, si la usamos puntuaremos
siempre el lado que no es deficitario y no debe impedir que hagamos
una aclaración descriptiva del nivel de conciencia, aunque exige más
trabajo de redacción y consume más tiempo.
-
La rigidez
de nuca hay que explorarla siempre y dejar constancia escrita del
resultado de la exploración, si todos sabemos que en un anciano puede
ser difícil interpretar tal rigidez.
-
El examen
del patrón respiratorio nos ayuda a valorar la ventilación pero
también si hay o no, afectación del tronco cerebral y a que nivel,
en este sentido se puede decir que todo lo que no sea un patrón
normal o de Cheyne-Stokes significa lesión del tronco, sea primaria o
por herniación cerebral.
-
Pasar por
alto una herniación es un problema grave pero no tan infrecuente en
los casos de herniación central y en las fases iniciales de la hernia
de uncus. A la inversa, a veces se levanta sospecha de hernia de uncus
por una anisocoria en paciente con un Glasgow de 15; esto es fruto de
que las pupilas no paramos de mirarlas y cualquiera las ve, pero hay
que saber que más del 10% de la población general tiene anisocoria
y, desde luego, la anisocoria en ese enfermo jamás será debida a una
herniación si el nivel de conciencia es el dicho; la asimetría será
por lo que sea pero no por una herniación y no hay que correr. A propósito
de las pupilas, es habitual sospechar ante unas pupilas mióticas
hemorragia protuberancial (lesión rara) cuando en realidad son
pupilas mióticas, que no puntiformes, por disfunción o lesión
diencefálica, un problema mucho más frecuente y que puede traducir
además un primer estadío de una herniación transtentorial central.
-
La
descripción de la intensidad de la pérdida de fuerza, no sólo se ha
perdido, es importante, así como si hay afectación de miembros
superiores e inferiores. También es importante comprobar y hacer
constar si hay desviación oculocefálica pues, si es así, se trata
de un ictus de gran tamaño por lo que el pronóstico es peor (más
probabilidad de edema cerebral y muerte o, si sobrevive, de más
intensas secuelas) y nos obliga a retrasar el tratamiento
anticoagulante, caso de haber indicación.
-
La
exploración del reflejo nauseoso, que a algunos parece tan importante
por oscuros motivos, hay que hacerla, pero los resultados hay que
mirarlos con sentido común. Esto se comprende si tenemos presente que
exploramos el reflejo nauseoso tocando la campañilla o similar, pero
lo que realmente queremos saber es el estado de la capacidad de
deglutir, y resulta que no son sinónimas. De una parte, hay una
proporción apreciable de la población general que tiene un reflejo
nauseoso tan débil, que se puede decir que no lo tiene; en la edad
avanzada (la del ictus) la proporción es aún mayor. La inversa también
se da, reflejo nauseoso de mayor o menor intensidad pero con deglución
comprometida. En fin, si queremos saber si un enfermo traga o no lo
razonable es, si su estado lo permite, darle algo a beber y ver que
pasa. Una cosa final a propósito de tragos oscuros, que trague el
enfermo no quiere decir que lo haga la familia.
-
En estos
enfermos puede ser difícil hacer un fondo de ojo, aunque no
necesariamente, y debemos hacerlo o intentarlo ante la posibilidad de
un cuadro de hipertensión endocraneana o de hemorragia subaracnoidea.
La utilidad puede ser aún mayor si se sospecha encefalopatía
hipertensiva.
-
La
campimetría por confrontación o el examen de la respuesta de
parpadeo a la amenaza nos ayudan a valorar el estado de la corteza y
las visuales.
-
El examen
del paciente con vértigo al que pedimos TC cerebral tiene que ser
acorde a tal petición, debe ser congruente con vértigo central, en
caso contrario es pedir por pedir y, si el resultado, como es de
esperar, resulta ser normal, las decisiones finales respecto a ese
enfermo van a ser muy probablemente equivocadas, alta inadecuada.
-
Los
troncos supraaórticos tienen que ser explorados buscando presencia e
intensidad de los pulsos y soplos y valorando ante todo las asimetrías.
Claro que la misión puede ser imposible en pacientes con respiración
ruidosa y gorgoteante.
-
Y más, y
más, y más...
4.-
PRUEBAS COMPLEMENTARIAS.
En la valoración inicial la enfermera tiene que hacer una glucemia
inmediatamente y un EKG tan pronto como pueda y, en general, los ha hecho
antes de que nosotros veamos al enfermo, si no es así, hay que recordar
tal necesidad. La tira de glucemia reconoce las situaciones de hipo e
hiperglucemia, que causan nuevo enfoque diagnóstico en el primer caso y
terapéutico en ambos. El electrocardiograma puede evidenciar arritmias
embolígenas y cardiopatía isquémica aguda. Si hubiera dudas sobre la
ventilación o la oxigenación se hace cuanto antes una gasometría.
Sabemos que la carga de trabajo sobre las enfermeras de los controles B y
C es muy grande; no viene de más echar una mano siempre que se pueda, de
forma que mejorarás tus habilidades, tendrás antes los resultados en tus
manos y tu relación personal y profesional con enfermería dará un
importante salto cualitativo hacia delante (cosa a tener en cuenta).
Se canalizará una vena con un
angiocatéter, momento que , momento que
será aprovechado para extraer muestras para un análisis de sangre que
estudie la bioquímica, hematimetría y coagulación básica, o sea los
famosos tres tubitos que con frecuencia ya ha extraído la enfermera.
La radiografía de tórax es casi como auscultar y será hecha a todos los
pacientes.
La TC cerebral se hace a todos los pacientes salvo, quizás, aquellos que
están agonizando y con un estado funcional previo malo. Es importante
saber a que pacientes hay que hacerla a toda velocidad, estos pacientes
son los mismos que deben estar en críticos y que con frecuencia no ves
debido a que el médico del triage los pasó directamente allí, en caso
contrario debes comentar a tu adjunto el enfermo, para decidir si hay que
pasarlo ahora o se puede esperar.
¿A qué pacientes hay que hacer un TAC cerebral sin demora?
-
Paciente
en coma.
-
Paciente
con signos de herniación cerebral.
-
Paciente
joven.
-
Sospecha
de hemorragia cerebral.
-
Sospecha
de hemorragia cerebelosa.
-
Ictus en
paciente anticoagulado o con trastornos de la coagulación.
-
Ictus rápidamente
progresivo y ante nuestras narices.
-
Ictus más
convulsiones.
En los pacientes febriles hay que retirar muestras de sangre para
hemocultivo antes de comenzar tratamiento antibiótico.
Bien, hemos hecho la
anamnesis, la exploración, las primeras pruebas a la
cabecera del enfermo y las peticiones generales. ¿Hemos explicado al
enfermo, si está en condiciones, y a los familiares quienes somos, qué
es lo que pensamos y cual es el plan?, ¿si?, bien. Hecho esto, ¿qué
tenemos que escribir en la hoja de órdenes para enfermería?
5.-
ORDENES DE TRATAMIENTO.
O
dicho de otro modo, hoja de órdenes para enfermería. De algunos aspectos
ya se ha hablado, como es la permeabilidad de la vía aérea, pero ahora
lo haremos de forma sistemática :
-
¿Queda
por hacer alguna cosa como tira de glucemia, EKG o gasometría?, si es
así, damos orden escrita de que se haga.
-
La dieta. De entrada todos en
absoluta, salvo quizás el ictus de hace dos días, establecido, sin
progresión y con poca repercusión clínica. Este aspecto tan
importante no debe causar problemas de decisión. Lo que sí creo que
es de interés es explicar al enfermo y a la familia que si no se le
da de comer es porque nosotros lo hemos ordenado y por qué. ¿Por qué
damos esta orden?, hay pacientes que no ofrecen duda al respecto, bien
por vómitos persistentes, estado de coma o ausencia de reflejos
orofaríngeos. En los demás la decisión se basa en que no sabemos si
puede empeorar la repercusión del ictus o, hecha la TAC, resultará
ser candidato a tratamiento quirúrgico, de manera que pueda ser
peligroso que el paciente esté con estómago lleno.
-
Cabecera a
30º. Ya se habló
de la cuestión al tratar la vía aérea. Otra indicación es el
compromiso para la zona de penumbra isquémica entre el agravamiento
de la isquemia por estar a 90º y la facilitación del edema por estar
a 0º, por tanto, ni lo uno ni lo otro y ordenamos cabecera a 30º.
-
Los
controles. Los de
siempre, siempre. Esto significa control de TA, Tª y FC inicialmente
y para un enfermo de cubículo normal cada 4 ó 6 horas. No debemos
escribir controles habituales pues aunque el enfermo está descrito lo
que son, no todo el mundo entiende lo mismo; si no queremos equívocos
debemos especificar que queremos controlar y cada cuanto. En los
enfermos con conciencia alterada es conveniente controlar conciencia y
pupilas. La diuresis se controla de forma no intervencionista salvo
que lo exijan otras condiciones del enfermo, como estado de
inestabilidad hemodinámica; en los varones siempre se puede recurrir
al capuchón. Si la oxigenación ofreciera dudas la pulsioximetría,
temporal o continua, es hoy una gran ayuda.
-
Los
sueros. Al
pautarlos tendremos presente que no queremos causar hiperglucemia,
sobrehidratación, ni depleción de volumen. El tipo de suero que
pautaremos inicialmente serán siempre salinos y nunca glucosados
salvo que haya hipoglucemia o se trate de un diabético tratado
farmacológicamente y con glucemia normal a fin de evitar hipoglucemia
posterior. El ritmo de perfusión en pacientes que parten de un estado
normovolémico será de unos 25-30 ml/Kg/día. Hay que tener en cuenta
las modificaciones en el balance o, si no se hace, la aparición de
condiciones que obviamente cambian el equilibrio entre las ganancias y
pérdidas de volumen.
-
La
hiperglucemia sabemos que empeora los
resultados neurológicos por lo que hay que medirla cuanto antes y si
es mayor de 180 mg/dl la tratamos con insulina rápida según las
pautas que todos conocemos y que también obligan a monitorización
intermitente de la glucemia.
-
La fiebre también empeora el pronóstico
y hay que tratarla siempre, evitando esperas sin sentido, tan
frecuentes. Ante un paciente con un ictus y febril, primero retiramos
hemocultivos (la primera causa de fiebre es la infección), después
bajamos la temperatura con paracetamol o dipirona intravenosa y
administramos antibioticoterapia empírica, que en este caso podría
ser amoxi-clavulánico.
-
La
hipertensión arterial acompaña
con frecuencia al ictus, bien como causa o como efecto sobre todo en
las primeras horas. Sabemos que cierto grado de hipertensión es
favorable pues mejora la perfusión de las zonas de penumbra isquémica
que han perdido la capacidad de vasorregulación y también sabemos
que la hipotensión es de los peores enemigos que pueda tener un
paciente con ictus. La consecuencia es que al tratar del manejo de la
HTA en el ictus en fase aguda lo primero es luchar contra la actitud
de desenfundar demasiado rápido y con demasiada munición; la lucha
cobra aún más sentido dado lo frecuente de tal actitud. Por tanto,
de entrada, tranquilidad. ¿Tranquilidad hasta donde? En la primera
hora desde el comienzo de los síntomas debe ser absoluta y, pasada ésta,
se acepta la conveniencia de tratamiento cuando la TAD supera los 120
mm o la TAS 220, aunque en la literatura veremos pequeñas variaciones
arriba y abajo y tal; estas variaciones son suficientemente pequeñas
para no tenerlas en cuenta, de forma que decidirnos por unas u otras
cifras límite no va a cambiar las cosas y no vale la pena pelearse
por, efectivamente, pequeñeces. Al medicamento hipotensor le pedimos
que actúe sin brusquedad, de forma progresiva y predecible y pueda
revertirse su efecto con rapidez tras suspender la administración. ¡Ojo!
A la nifedipina sublingual, de uso tan extendido, pero que con
frecuencia causa descensos bruscos, intensos y sostenidos, por lo que
hoy en día no se aconseja su uso. Los más recomendados en nuestro
medio son :
-
Labetalol.
Es beta y, en menor medida,
alfabloqueante. Cuando lo usamos vía intravenosa podemos hacerlo
con bolos o con perfusión continua, precedida o no por un bolo de
carga. Lo más fácil es administrar un bolo inicial de 20 mg que se
puede repetir cada 15 minutos hasta controlar la TA; tras el control
se administran bolos cada 6-8 horas según la evolución.
La tensión pretendemos descenderla justo por debajo de las cifras que
definimos como críticas para comenzar a tratarla.
-
Los
antiagregantes. En varios
estudios la mortalidad y la recurrencia fueron menores en aquellos
pacientes con ictus isquémicos tratados con aspirina a dosis bajas en
las 24-48 primeras horas. Otros trabajos concluyen que su empleo en
fase aguda no cambia nada. Por tanto, si estamos ante un paciente con
un ictus no hemorrágico y nos decidimos a usar un antiagregante, será
la aspirina a dosis bajas, 200 mg/día por vía oral o sonda nasogástrica.
Prácticamente los únicos hechos que pueden inhibirnos es la
hipersensibilidad a salicilatos y la enfermedad péptica activa.
-
Anticoagulantes.
Es obvio que antes de
plantearnos tal terapéutica se ha hecho una TC cerebral para
confirmar la naturaleza isquémica del ictus. Se acepta por la mayoría
que la anticoagulación no cambia el pronóstico del ictus isquémico
en fase aguda, pero en los casos apropiados previene nuevos ictus o,
tal vez, la progresión del actual. Tales casos son los infartos de
origen cardioembólico (previene nuevos ictus) y en casos de disección
de troncos supraaórticos, trombosis fluctuante de la basilar y
obstrucción amenazante de la arteria carótida (en los que intenta
limitar la progresión del ictus y en los que hay autoridades que
disienten). El principal riesgo de la anticoagulación es la
transformación hemorrágica del infarto y sabemos que tal riesgo es
tanto mayor cuanto mayor sea el tamaño de la zona infartada y así no
anticoagulamos si es más de la mitad del territorio de la cerebral
media, hay signos de edema cerebral o efecto masa en la TC; si ésta
fuera normal, por hacerla precozmente en relación con el comienzo de
los síntomas, podemos hacer sospecha del tamaño en función de si
hay hemiplejia absoluta, desviación oculocefálica y bajo nivel de
conciencia. Hay autores partidarios del bolo inicial de 5000 unidades
de heparina sódica para seguir después con una perfusión a 1000
unidades hora y otros se inclinan por la omisión de tal bolo. La
anticoagulación no tiene urgencia inmediata en casos de ictus de
origen cardioembólico, por lo que puede retrasarse y, con más
motivo, si albergamos algún tipo de duda.
-
Heparinas
de bajo peso molecular. No tienen
utilidad en el tratamiento del ictus ni de sus posibles causas pero sí
en la prevención de la trombosis venosa profunda y sus
complicaciones. El riesgo de TVP es especialmente elevado en los
pacientes con intensas pérdidas de fuerza o encamamiento obligado. Es
suficiente una dosis media cada 24 horas.
-
Anticomiciales.
No tienen indicación
preventiva pero en el paciente con ictus en fase aguda que sufre más
de una crisis convulsiva, debe instaurarse tratamiento anticomicial
pues la posibilidad de recurrencia es grande y se sabe que empeoran
los resultados neurológicos y aún comprometen la vida. La
posibilidad de recurrencia inmediata la combatimos con una
benzodiacepina intravenosa como el diacepán, a dosis de 10 mg
intravenosos en bolo; el efecto anticomicial se obtiene en minutos (fármacos
de efecto más rápido) y si hubiera recurrencia se pueden administrar
más bolos; en tales casos el paciente se debe pasar al área de críticos,
por el riesgo de efectos secundarios. Bien, el efecto de las
benzodiacepinas se consigue rápido pero dura poco, por lo que tenemos
que usar acto seguido otros fármacos que tengan efectos más
sostenidos (aunque de comienzo más lento). El fármaco de elección
hasta la fecha es la fenitoína. En estos casos la vía es la
intravenosa empleando una dosis de carga previa de 15-18 mg/Kg diluida
en una solución salina (nunca glucosado) sin superar el ritmo de
perfusión los 50 mg/minuto, a fin de evitar complicaciones
cardiovasculares. La conveniencia de monitorizar al paciente durante
la perfusión es innecesaria si se respetan los ritmos y el electrocardiograma
es normal; por tanto, tal conveniencia debe estar
determinada más por otras condiciones del enfermo que por la perfusión
de fenitoína en si.
-
Protectores
de la mucosa gástrica. Hay altas
probabilidades de lesiones agudas de la mucosa gástrica en pacientes
con infartos extensos, más aún si se complican con procesos
infecciosos, y en las hemorragias, así como en pacientes con historia
conocida de enfermedad péptica. Prevenimos en tales casos esta
complicación con ranitidina u omeprazol intravenosos o sucralfato por
sonda nasogástrica.
6.-
DESTINO.
Todos los pacientes con ictus serán consultados a medicina interna,
neurología en turno de mañana, si no tiene compromiso vital o indicación
quirúrgica. La excepción sería aquel paciente con vida totalmente
dependiente, familia entrenada en los cuidados y ayuda sanitaria apropiada
a domicilio; también pueden ser dados de alta pacientes con ictus
estables de varios días de duración y que consultan tardíamente,
siempre y cuando la repercusión del ictus no sea severa y garanticemos el
seguimiento del enfermo; un último grupo de pacientes altables sería el
de aquellos que sufren infarto lacunar reconocido.
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